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I. Mi tío Pepe, persona capaz de hacer observaciones, solía decirme moviendo la cabeza: «Fíjate, Ricardito, este perro tuyo tiene tus mismos años. Cuando tú andabas a gatas, él era un cachorrito juguetón; pero ahora, mientras que tú sigues siendo todavía un chiquillo, él ha llegado a ser lo que se dice un viejo caduco, que no puede ni moverse». Y tenía razón el tío Pepe.

II. Con los años, Barbián se había puesto gordísimo, asmático, jadeaba. En fin, daba pena verlo tirado todo el santo día en un rincón o estorbando el paso de la gente. Aguantábamos las molestias, qué hacerle. Había sido un perro muy hermoso y muy bondadoso, un animal magnífico. Barbián era mi perro inseparable desde la cuna. Siempre había oído elogiar la paciencia con que el buenazo de Barbián soportaba las inocentes barbaridades a que lo sometía yo, permitiéndome que le tirase de sus largas orejas peludas, le metiera los dedos por los ojos o me montara encima de su lomo. «Nene, deja en paz a ese animalito - me decían, - que algún día se cansa y va a morderte». Pero yo, en mi inconsciencia infantil, muy seguro debía de estar sin embargo de que mi Barbián no iba a hacerme nada, de que lo toleraría todo de mí. Barbián me seguía como una sombra por las habitaciones, se estaba conmigo tranquilo mientras estudiaba en mi cuarto las lecciones, y cuando salía a la calle, si no podía llevármelo, esperaba mi regreso sentado a la puerta.

III. Podría referir aquí varios ejemplos notables de tan conmovedora conducta, pero me reduciré a un caso que la pone muy de relieve. A casa llegaban el 19 de marzo de cada año, con destino al tío Pepe, bandejas de confituras, artísticamente arregladas. Sentado en un banco de piedra junto al pozo, con los codos sobre las rodillas y las mejillas entre los puños, me sentía yo aburrido. Miraba a Barbián, y Barbián me miraba a mí sin quitarme los ojos de encima. Así rato y rato. Hasta que, de repente, me alcé del banco. El perro, adivinándome las intenciones, me siguió con alegría. Subimos las escaleras sigilosamente y nos dirigimos a la habitación donde yo sabía que debían colocar los dulces.

1) A veces Barbián le servía de caballo a Ricardito.
2) Barbián era el mejor amigo de Ricardito desde que empezó a estudiar.
3) Barbián sometía a Ricardito a inocentes barbaridades.
4) «Nene, deja en paz a este perro viejo» — le decían a Barbián.